El siguiente escrito, que constituye un capítulo completo, lo he elaborado con la finalidad de que forme parte del nuevo libro que espera publicar mi inquieta hermana durante el presente año 2010. Espero que su lectura consiga entretenerte y, si es posible, también transmitirte parte de esa vehemencia que siento por las cosas del pasado.
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No siempre salen las cosas como uno quiere; y una prueba de ello, es la historia de este capítulo que estás empezando a leer.
En repetidas ocasiones, y conociendo mi pasión por la egiptologia, mi estimada hermana me había propuesto viajar a la enigmática, y siempre atrayente, tierra de los faraones. Alguna que otra vez, en sus visitas a casa, Mª Ángeles se había maravillado contemplando un álbum de fotos que alberga la más variopinta colección de instantáneas tomadas con película de distintas sensibilidades. Y es que una vieja Minolta, que todavía conservo en el retiro del desván, había sido testigo de toda esa majestuosidad. Con sus lentes había capturado los exteriores de templos, pirámides e idílicos paisajes; así como las entrañas de más de cincuenta siglos de historia.
Por circunstancias varias, siempre fruto de sucesos imprevistos, ese viaje con mi hermana nunca se llegó a realizar; y ese es el motivo por el que estoy escribiendo estas líneas, para “vomitar” sobre ellas parte de las conclusiones que he extraído en mi deambular por las tierras de Egipto; para intentar, de la forma más aséptica que mi objetividad me lo permita, aportar razonamientos que nos ayuden a pensar sobre que hay de cierto, ó no, en algunas cuestiones que se consideran todavía no resueltas; y, asimismo, para provocar el estímulo de la duda en la medida que no me sea posible aceptar la comodidad de lo dogmático.
Así que, a petición de mi querida hermana, procedo a desempolvar mis manuscritos apuntes y a rebuscar en mis recuerdos, y paso a tomar el relevo de un protagonismo que no me corresponde.
En repetidas ocasiones, y conociendo mi pasión por la egiptologia, mi estimada hermana me había propuesto viajar a la enigmática, y siempre atrayente, tierra de los faraones. Alguna que otra vez, en sus visitas a casa, Mª Ángeles se había maravillado contemplando un álbum de fotos que alberga la más variopinta colección de instantáneas tomadas con película de distintas sensibilidades. Y es que una vieja Minolta, que todavía conservo en el retiro del desván, había sido testigo de toda esa majestuosidad. Con sus lentes había capturado los exteriores de templos, pirámides e idílicos paisajes; así como las entrañas de más de cincuenta siglos de historia.
Por circunstancias varias, siempre fruto de sucesos imprevistos, ese viaje con mi hermana nunca se llegó a realizar; y ese es el motivo por el que estoy escribiendo estas líneas, para “vomitar” sobre ellas parte de las conclusiones que he extraído en mi deambular por las tierras de Egipto; para intentar, de la forma más aséptica que mi objetividad me lo permita, aportar razonamientos que nos ayuden a pensar sobre que hay de cierto, ó no, en algunas cuestiones que se consideran todavía no resueltas; y, asimismo, para provocar el estímulo de la duda en la medida que no me sea posible aceptar la comodidad de lo dogmático.
Así que, a petición de mi querida hermana, procedo a desempolvar mis manuscritos apuntes y a rebuscar en mis recuerdos, y paso a tomar el relevo de un protagonismo que no me corresponde.
* * *
La historia de Egipto es la más increíble de las historias. Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que ninguna civilización ha sido tan cautivadora como ésta; hasta el punto que los griegos, al igual que otros pueblos de la antigüedad, se rindieron a sus encantos y, a diferencia de lo que era habitual, no sometieron al invadido Egipto obligándole a aceptar sus creencias y costumbres, sino que optaron por lo contrario. No es de extrañar que uno de los cuatro generales más importantes de Alejandro Magno, Ptolomeo Lago, llegase a “convertirse” y a proclamarse Faraón de Egipto. Con estos antecedentes resulta fácil entender la singular belleza, medio egipcia medio griega, de su “tatatatatataranieta” Cleopatra VII.
No obstante, la historia de Egipto es una historia plagada de misterios, lagunas y contradicciones. Básicamente, lo que conocemos de esta cultura, viene dado por relatos de historiadores que existieron cuando las pirámides ya gozaban de una madurez de más de veinticinco siglos y por la traducción de jeroglíficos que no acaban de aclarar qué sucedió más allá del siglo VII antes de Cristo.
Aunque los historiadores y arqueólogos se esfuerzan en decir lo que saben, muchas veces no saben lo que dicen; y es ese el motivo por el que, en varias ocasiones, se han visto obligados a tener que efectuar profundas modificaciones en muchos de sus planteamientos, especialmente en lo que respecta a la cronología egipcia.
Un ejemplo de ello lo tenemos en la desconocida gran pirámide del faraón Keops. Sí, he dicho bien, DESCONOCIDA. Aunque haya sido visitada por millones de turistas y estudiada por centenares de eminentes historiadores, arqueólogos, arquitectos, topógrafos e ingenieros, apenas sabemos muy poco de ella. La Escuela de Berlín, en representación de la gran masa científica, le atribuye una antigüedad de unos 5.000 años; por otro lado, y por lo que se deduce del historiador egipcio Manetón, así como por las conclusiones de algunos arqueólogos, entre los que destaca el respetado William Flinders Petrie, su antigüedad es de unos 7.600 años.
En los libros de texto se nos dice que fue construida en un período de 20 años ó, lo que es lo mismo, 7.300 días. Si tenemos en cuenta que en la Gran Pirámide se emplearon unos 2.300.000 bloques de piedra, y que la matemática no falla; basándonos en lo que afirman la mayoría de los historiadores, se debió ajustar un bloque de piedra cada 3 minutos, de forma ininterrumpida, en jornadas de trabajo de 16 horas de duración; así, todos los días, hasta completar los 20 años. Lo más escandaloso de esta deducción es pensar cómo se las tuvieron que ingeniar para hacer esa proeza, puesto que estamos hablando de bloques que pesan entre 2,5 y 60 toneladas; y a eso tendríamos que añadir su esmerado tallado en canteras situadas a unos 15-20 kilómetros de la otra orilla del Nilo, y su desplazamiento en trineos por abruptas rutas. Si queremos agrandar el colmo de lo impensable, solo falta añadir que los egipcios, en esa época, se encontraban en plena edad del cobre (metal blando), y que el hierro (metal duro) no empezó a utilizarse hasta trece siglos después. ¿Cómo pudieron tallar y serrar de forma tan precisa tantos bloques de piedra caliza y granito?. La explicación de las cuñas de madera que, hinchadas por el agua, eran capaces de resquebrajar la roca, no aclararía el impecable pulido de muchos de los bloques por entre los cuales no pasa un alfiler. Podríamos seguir agrandando colmos, pero voy a añadir una sola reflexión más a este punto; y es que, según los arqueólogos, la Gran Pirámide se edificó construyendo en su entorno gigantescas rampas, que teóricamente albergarían un volumen de material semejante o superior al de la pirámide, las cuales permitían ascender los enormes bloques de piedra. Curiosamente el historiador Heródoto (s. V a.C.), que en su viaje a Egipto compiló los testimonios de lo que creían algunos sacerdotes, se limita a decir que para subir los bloques se utilizaron “máquinas de madera”.
Sin ánimo de seguir cuestionando el saber oficial, y con menos ánimo aún de traspasar los límites de la cordura y el sentido común, me apeo de la Gran Pirámide siendo consciente de mi breve exposición, pero teniendo la plena seguridad de que jamás el ser humano ha podido efectuar otra obra de semejante envergadura y precisión. Este legado, de perfectos planteamientos y minuciosa ejecución, contemplado desde cualquiera de sus ángulos, no puede despertar otra cosa sino admiración; al menos eso fue lo que experimenté cuando me encontré ante ese enorme monumento que mide el equivalente a un edificio de 49 pisos de altura, con una base semejante al área que ocuparían 8 campos de fútbol y que pesa la friolera de 7.000.000 de toneladas. Con razón un viejo proverbio árabe asevera: “El tiempo se burla de todo menos de las pirámides, que se burlan del tiempo”.
Pero en Egipto hay mucho más que Pirámides. No en vano, el Nílo, con sus oportunas crecidas y su inusual recorrido hacia el norte, refrendó el asentamiento de una civilización, excepcionalmente singular, que floreció y se desarrolló para impresionar y perdurar.
Hasta principios del siglo XIX se conocía muy poco del pasado histórico de Egipto. La imposibilidad de poder interpretar jeroglíficos, frustraba los esfuerzos de los pocos pioneros que se atrevían a escudriñar los secretos que guardaban las piedras milenarias de templos y tumbas. Afortunadamente, eso cambiaría a partir del 15 de julio de 1799, con el hallazgo de la Piedra de Rosetta. Esa lápida de granito negro, casualmente encontrada por un soldado de Napoleón, llegó a ser la clave para que, por fin, se abrieran las puertas a la egiptologia científica. Su contenido era un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en las tres lenguas que entonces coexistían (jeroglífico, griego y demótico). El trabajo de interpretación de Champollion, iniciado en 1821, dio sus frutos cuando, tres años después, consiguió descifrar los caracteres de los jeroglíficos.
El poder entender esa peculiar forma de escritura, sumado a los numerosos descubrimientos de tumbas que se fueron realizando durante los años siguientes; comportó que, a finales del siglo XIX, ese desértico país comenzase a ponerse de moda; por lo que varias expediciones partieron hacia las áridas tierras de Egipto desde los puntos más diversos. Desgraciadamente, muchos de los componentes de esas “excursiones” no eran más que individuos con pocos escrúpulos que, básicamente, perseguían la gloria personal y los anhelados tesoros de los faraones; es más, con sus acciones, evidenciaban un claro desprecio por la cultura. Un pionero de ellos había sido el coronel Howard Vyse; quien, a golpe de dinamita, logró abrirse camino a fin de acceder a las cuatro cámaras de descarga superiores de la Gran Pirámide, para después “bautizarlas”, a base de horrendos grafitis, con históricos nombres británicos. El expolio al que fue sometido Egipto en las décadas posteriores fue brutal.
Una de esas expediciones, la más famosa sin duda, fue la que dirigió Howard Carter; quien en noviembre de 1922 descubrió, en el Valle de Los Reyes, la tumba del faraón Tutankamón. Todavía recuerdo con emoción cuando entré en esa tumba y cómo, auxiliado por Agmeth (el guía que nos acompañaba), me vi obligado a tener que sobornar al vigilante que la custodiaba, para poder acceder a su interior. ¿Por qué tuve que hacerlo? Porque en aquellos días estaban prohibidas las visitas al público debido a que, recientemente, se había trasladado la momia del Museo del Cairo a la tumba y se estaban ultimando los trabajos de acondicionamiento. Por suerte, en ese momento, los operarios ya habían concluido su jornada de trabajo, y allí los dólares hacen verdaderos milagros. Antes de entrar el guarda me cacheó, a fin de comprobar que no ocultase alguna cámara; y tras dirigirle a Agmeth unas palabras en árabe, que traducidas eran “solo cinco minutos, por favor”, me abrió la oxidada puerta de robustos barrotes. ¡Cómo disfrute esos cinco minutos! La intensa emoción que sentí detonó mi fantasía hasta el punto de creer experimentar lo que debió percibir Carter en el momento del descubrimiento. Recordé sus palabras “Veo cosas maravillosas” y, sigilosamente, me adentré en la antecámara del pequeño hipogeo. Allí, en el centro de la misma, me paré; cerré los ojos, a fin de adaptar rápidamente mis pupilas a la escasa luz que emitían unas pequeñas bombillas auxiliares; y respiré profundamente. Cuando los abrí me limité a observar de forma pormenorizada cada detalle de la estancia. Claramente se veía inacabada. Esas toscas paredes no tenían nada que ver con las que había visto en otras tumbas. Se notaba que la temprana muerte del faraón había condicionado aquella construcción. No obstante; aquella sala, austera y vacía, irradiaba el encanto de haber albergado parte del mayor tesoro descubierto en Egipto. Obviando la pequeña cámara anexa que se encuentra al frente de la entrada, me dirigí a la cámara sepulcral. Esa estancia era distinta, se notaba que era el lugar de “reposo” del faraón; y no solo porque su momia se encontraba allí, de cuerpo presente; sino por los acabados que ostentaba. A diferencia de las otras cámaras, las paredes de ésta se habían enyesado y ornamentado. Varios dibujos y jeroglíficos inundaban aquel lugar. Con delicadeza acaricié aquellas paredes a la vez que no dejaba de observar el féretro del joven rey. Ahora me resulta gracioso recordarlo, pero en aquel momento un temor reverente me erizó la piel y me acordé de la legendaria maldición que se le había atribuido a los “profanadores” de aquel lugar. Puesto que ya no tenía nada más que ver, y el tiempo se había agotado, opté por regresar.
Aquella noche, mientras cenaba con Agmeth, la conversación giró en torno a la emocionante visita al Valle de los Reyes y, en especial, a la tumba de Tutankamón. Aprovechando que nuestro guía era un auténtico caudal de conocimiento; pues además de ser un apasionado que había crecido entre templos y tumbas, era licenciado en Historia Antigua y Arqueología, y tenía un Máster en Egiptología; le hice una infinidad de preguntas. Desde, ¿por qué se enyesó la tumba del faraón-niño?; hasta, ¿por qué los antiguos egipcios estaban tan obsesionados con la muerte?. Las respuestas de Agmeth; concretas, sencillas e ilustradas; me llevaron a tomar apuntes en un pequeño cuaderno que me acompañaba y a sentirme especialmente privilegiado. Tras los postres, una botella de JB y varias infusiones de té verde con menta, fueron testigos de una de las sobremesas más largas de mi vida. Aquella vigilia, cuando la ciencia cedió su lugar a lo anecdótico, llegué a enterarme, entre risas y bromas, de cuales fueron los cinco nombres que se le habían atribuido al joven faraón:
No obstante, la historia de Egipto es una historia plagada de misterios, lagunas y contradicciones. Básicamente, lo que conocemos de esta cultura, viene dado por relatos de historiadores que existieron cuando las pirámides ya gozaban de una madurez de más de veinticinco siglos y por la traducción de jeroglíficos que no acaban de aclarar qué sucedió más allá del siglo VII antes de Cristo.
Aunque los historiadores y arqueólogos se esfuerzan en decir lo que saben, muchas veces no saben lo que dicen; y es ese el motivo por el que, en varias ocasiones, se han visto obligados a tener que efectuar profundas modificaciones en muchos de sus planteamientos, especialmente en lo que respecta a la cronología egipcia.
Un ejemplo de ello lo tenemos en la desconocida gran pirámide del faraón Keops. Sí, he dicho bien, DESCONOCIDA. Aunque haya sido visitada por millones de turistas y estudiada por centenares de eminentes historiadores, arqueólogos, arquitectos, topógrafos e ingenieros, apenas sabemos muy poco de ella. La Escuela de Berlín, en representación de la gran masa científica, le atribuye una antigüedad de unos 5.000 años; por otro lado, y por lo que se deduce del historiador egipcio Manetón, así como por las conclusiones de algunos arqueólogos, entre los que destaca el respetado William Flinders Petrie, su antigüedad es de unos 7.600 años.
En los libros de texto se nos dice que fue construida en un período de 20 años ó, lo que es lo mismo, 7.300 días. Si tenemos en cuenta que en la Gran Pirámide se emplearon unos 2.300.000 bloques de piedra, y que la matemática no falla; basándonos en lo que afirman la mayoría de los historiadores, se debió ajustar un bloque de piedra cada 3 minutos, de forma ininterrumpida, en jornadas de trabajo de 16 horas de duración; así, todos los días, hasta completar los 20 años. Lo más escandaloso de esta deducción es pensar cómo se las tuvieron que ingeniar para hacer esa proeza, puesto que estamos hablando de bloques que pesan entre 2,5 y 60 toneladas; y a eso tendríamos que añadir su esmerado tallado en canteras situadas a unos 15-20 kilómetros de la otra orilla del Nilo, y su desplazamiento en trineos por abruptas rutas. Si queremos agrandar el colmo de lo impensable, solo falta añadir que los egipcios, en esa época, se encontraban en plena edad del cobre (metal blando), y que el hierro (metal duro) no empezó a utilizarse hasta trece siglos después. ¿Cómo pudieron tallar y serrar de forma tan precisa tantos bloques de piedra caliza y granito?. La explicación de las cuñas de madera que, hinchadas por el agua, eran capaces de resquebrajar la roca, no aclararía el impecable pulido de muchos de los bloques por entre los cuales no pasa un alfiler. Podríamos seguir agrandando colmos, pero voy a añadir una sola reflexión más a este punto; y es que, según los arqueólogos, la Gran Pirámide se edificó construyendo en su entorno gigantescas rampas, que teóricamente albergarían un volumen de material semejante o superior al de la pirámide, las cuales permitían ascender los enormes bloques de piedra. Curiosamente el historiador Heródoto (s. V a.C.), que en su viaje a Egipto compiló los testimonios de lo que creían algunos sacerdotes, se limita a decir que para subir los bloques se utilizaron “máquinas de madera”.
Sin ánimo de seguir cuestionando el saber oficial, y con menos ánimo aún de traspasar los límites de la cordura y el sentido común, me apeo de la Gran Pirámide siendo consciente de mi breve exposición, pero teniendo la plena seguridad de que jamás el ser humano ha podido efectuar otra obra de semejante envergadura y precisión. Este legado, de perfectos planteamientos y minuciosa ejecución, contemplado desde cualquiera de sus ángulos, no puede despertar otra cosa sino admiración; al menos eso fue lo que experimenté cuando me encontré ante ese enorme monumento que mide el equivalente a un edificio de 49 pisos de altura, con una base semejante al área que ocuparían 8 campos de fútbol y que pesa la friolera de 7.000.000 de toneladas. Con razón un viejo proverbio árabe asevera: “El tiempo se burla de todo menos de las pirámides, que se burlan del tiempo”.
Pero en Egipto hay mucho más que Pirámides. No en vano, el Nílo, con sus oportunas crecidas y su inusual recorrido hacia el norte, refrendó el asentamiento de una civilización, excepcionalmente singular, que floreció y se desarrolló para impresionar y perdurar.
Hasta principios del siglo XIX se conocía muy poco del pasado histórico de Egipto. La imposibilidad de poder interpretar jeroglíficos, frustraba los esfuerzos de los pocos pioneros que se atrevían a escudriñar los secretos que guardaban las piedras milenarias de templos y tumbas. Afortunadamente, eso cambiaría a partir del 15 de julio de 1799, con el hallazgo de la Piedra de Rosetta. Esa lápida de granito negro, casualmente encontrada por un soldado de Napoleón, llegó a ser la clave para que, por fin, se abrieran las puertas a la egiptologia científica. Su contenido era un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en las tres lenguas que entonces coexistían (jeroglífico, griego y demótico). El trabajo de interpretación de Champollion, iniciado en 1821, dio sus frutos cuando, tres años después, consiguió descifrar los caracteres de los jeroglíficos.
El poder entender esa peculiar forma de escritura, sumado a los numerosos descubrimientos de tumbas que se fueron realizando durante los años siguientes; comportó que, a finales del siglo XIX, ese desértico país comenzase a ponerse de moda; por lo que varias expediciones partieron hacia las áridas tierras de Egipto desde los puntos más diversos. Desgraciadamente, muchos de los componentes de esas “excursiones” no eran más que individuos con pocos escrúpulos que, básicamente, perseguían la gloria personal y los anhelados tesoros de los faraones; es más, con sus acciones, evidenciaban un claro desprecio por la cultura. Un pionero de ellos había sido el coronel Howard Vyse; quien, a golpe de dinamita, logró abrirse camino a fin de acceder a las cuatro cámaras de descarga superiores de la Gran Pirámide, para después “bautizarlas”, a base de horrendos grafitis, con históricos nombres británicos. El expolio al que fue sometido Egipto en las décadas posteriores fue brutal.
Una de esas expediciones, la más famosa sin duda, fue la que dirigió Howard Carter; quien en noviembre de 1922 descubrió, en el Valle de Los Reyes, la tumba del faraón Tutankamón. Todavía recuerdo con emoción cuando entré en esa tumba y cómo, auxiliado por Agmeth (el guía que nos acompañaba), me vi obligado a tener que sobornar al vigilante que la custodiaba, para poder acceder a su interior. ¿Por qué tuve que hacerlo? Porque en aquellos días estaban prohibidas las visitas al público debido a que, recientemente, se había trasladado la momia del Museo del Cairo a la tumba y se estaban ultimando los trabajos de acondicionamiento. Por suerte, en ese momento, los operarios ya habían concluido su jornada de trabajo, y allí los dólares hacen verdaderos milagros. Antes de entrar el guarda me cacheó, a fin de comprobar que no ocultase alguna cámara; y tras dirigirle a Agmeth unas palabras en árabe, que traducidas eran “solo cinco minutos, por favor”, me abrió la oxidada puerta de robustos barrotes. ¡Cómo disfrute esos cinco minutos! La intensa emoción que sentí detonó mi fantasía hasta el punto de creer experimentar lo que debió percibir Carter en el momento del descubrimiento. Recordé sus palabras “Veo cosas maravillosas” y, sigilosamente, me adentré en la antecámara del pequeño hipogeo. Allí, en el centro de la misma, me paré; cerré los ojos, a fin de adaptar rápidamente mis pupilas a la escasa luz que emitían unas pequeñas bombillas auxiliares; y respiré profundamente. Cuando los abrí me limité a observar de forma pormenorizada cada detalle de la estancia. Claramente se veía inacabada. Esas toscas paredes no tenían nada que ver con las que había visto en otras tumbas. Se notaba que la temprana muerte del faraón había condicionado aquella construcción. No obstante; aquella sala, austera y vacía, irradiaba el encanto de haber albergado parte del mayor tesoro descubierto en Egipto. Obviando la pequeña cámara anexa que se encuentra al frente de la entrada, me dirigí a la cámara sepulcral. Esa estancia era distinta, se notaba que era el lugar de “reposo” del faraón; y no solo porque su momia se encontraba allí, de cuerpo presente; sino por los acabados que ostentaba. A diferencia de las otras cámaras, las paredes de ésta se habían enyesado y ornamentado. Varios dibujos y jeroglíficos inundaban aquel lugar. Con delicadeza acaricié aquellas paredes a la vez que no dejaba de observar el féretro del joven rey. Ahora me resulta gracioso recordarlo, pero en aquel momento un temor reverente me erizó la piel y me acordé de la legendaria maldición que se le había atribuido a los “profanadores” de aquel lugar. Puesto que ya no tenía nada más que ver, y el tiempo se había agotado, opté por regresar.
Aquella noche, mientras cenaba con Agmeth, la conversación giró en torno a la emocionante visita al Valle de los Reyes y, en especial, a la tumba de Tutankamón. Aprovechando que nuestro guía era un auténtico caudal de conocimiento; pues además de ser un apasionado que había crecido entre templos y tumbas, era licenciado en Historia Antigua y Arqueología, y tenía un Máster en Egiptología; le hice una infinidad de preguntas. Desde, ¿por qué se enyesó la tumba del faraón-niño?; hasta, ¿por qué los antiguos egipcios estaban tan obsesionados con la muerte?. Las respuestas de Agmeth; concretas, sencillas e ilustradas; me llevaron a tomar apuntes en un pequeño cuaderno que me acompañaba y a sentirme especialmente privilegiado. Tras los postres, una botella de JB y varias infusiones de té verde con menta, fueron testigos de una de las sobremesas más largas de mi vida. Aquella vigilia, cuando la ciencia cedió su lugar a lo anecdótico, llegué a enterarme, entre risas y bromas, de cuales fueron los cinco nombres que se le habían atribuido al joven faraón:
. 1- Tut-ank-amón.
. 2- Tut-ank-atón.
. 3- Tut-anj-amón.
. 4- Tu-tan-cabrón.
. 5- Tu-también.
. 2- Tut-ank-atón.
. 3- Tut-anj-amón.
. 4- Tu-tan-cabrón.
. 5- Tu-también.
No puedo evitar sonreír cuando me acuerdo de aquellos momentos, a la vez de reconocer la importancia que tuvo aquella extensa conversación en mis posteriores estudios sobre egiptología. A continuación cito varias de las ideas y conclusiones que aquella noche extraje sobre las creencias de los antiguos egipcios.
Para empezar debo admitir que me resultó muy chocante que se supiera tanto de ellos; y era lógico, debido a la gran atención que prestaban a sus tumbas, cadáveres, tesoros y manuscritos; y que, no obstante, apenas se conociese como era su vida cotidiana.
Y es que la vida de los antiguos egipcios giraba, aparentemente, en torno a la muerte. Y digo APARENTEMENTE, porque finalmente entendí que ellos lo que más anhelaban era la vida. Los antiguos egipcios solo deseaban vivir. Les aterraba la idea de la muerte, y la veían como una fuerte crisis que solo se podría vencer con la debida preparación. Creían que la muerte no tenía porque ser el fin de la vida, solo una obligada transición que debían superar para alcanzar la “otra vida” en una especie de paraíso, al cual llamaban “Campo de Juncos”. Pero esa “obligada transición” no era cualquier cosa. De su preparación terrenal dependía el éxito o el fracaso. Curiosamente, durante años, pensé que los egipcios nacían para morir; ahora no, ahora estoy convencido que, filosóficamente hablando, nacían para vivir.
Un detalle muy curioso lo tenemos en la disposición de sus poblados, todos ubicados al este del Nilo. El rio servía como de frontera natural para separar el mundo de los vivos del de los muertos. Siguiendo el trazado del Sol (Ra), nacían y vivían en el lado oriental del Nilo y se enterraban en su lado occidental. Esa separación literal de las dos orillas, ó “mundos”, nos puede ayudar a entender parte de sus creencias.
Según Agmeth, los antiguos egipcios adoraban todo aquello a lo que temían; y, por ese motivo, muchos de sus dioses tenían rasgos de los animales que les inquietaban. Yo soy de la opinión de que los rostros animales representaban las cualidades que ellos apreciaban en esas especies; y probablemente mi punto de vista esté salpicado por la influencia de las escrituras bíblicas donde, simbólicamente, a tres de los cuatro evangelistas se les atribuyen rostros de animales, en representación de las cualidades del toro, el águila y el león.
El panteón de los dioses egipcios parece remontarse al periodo predinástico. Los antiguos egipcios tenían la certeza de que hubo un tiempo en que solo existían los dioses; y que éstos fueron los que crearon, del caos, el mundo tal y como lo conocemos. No voy a extenderme en presentar a cada una de esas divinidades, ni tampoco hablaré de la influencia que pudieron ejercer en aquella sociedad; únicamente permitiré que éstos asomen su curiosa efigie, en la medida que los necesite, mientras expongo porciones de los ritos funerarios y de las creencias que, tras la muerte, tenían sus fieles.
Aunque lo que más salta a la vista son las pirámides, otras tumbas, los templos funerarios, los sarcófagos, los tesoros y las momias; eso no era lo más importante para el viaje al “más allá” del difunto. De nada sirve tener la indumentaria adecuada, las maletas preparadas y un estupendo vehículo, sino disponemos de una guía que nos conduzca a un destino desconocido. Y esa guía, para los antiguos egipcios, era el “Libro de los Muertos”.
El “Libro de los Muertos”,… “¡tiene tela la traducción del título!”, como diría mi cordobés amigo, Cristino.
Y es que los antiguos egipcios, en su versión original, a este texto le llamaron: “Libro para salir al Día”. De todas formas, y debido a la proliferación que se ha hecho del título “traducido” ó, mejor dicho, por el que se le conoce; para que no haya confusiones, le seguiremos llamando “Libro de los Muertos”. Este escrito, equivalente a la “biblia” de los antiguos egipcios, es el texto religioso más antiguo del mundo.
Los primeros vestigios de estas escrituras se encontraron gravados en las paredes de las pirámides de la V Dinastía (en torno s. XXV a.C.). En aquel tiempo solo los faraones gozaban del derecho de poder disponer de esa guía, que les garantizaba el acceso a la vida eterna en compañía de los dioses.
En el Reino Medio (en torno s. XX a.C.) ese privilegio también lo tendrán las clases nobles; quienes, al igual que los faraones, escribirán las inscripciones de las pirámides en sus ataúdes. Éstas se conocen como “Textos de los sarcófagos”.
Finalmente, en el Reino Nuevo (en torno s. XV a.C.), se producirá una democratización del “más allá”. Cualquier persona que económicamente se lo pudiera permitir, podía comprar a los sacerdotes papiros, elaborados en serie, del Libro de los Muertos; y así asegurarse la inmortalidad. Con mucha picardía sus escribas dejaban espacios en blanco para poder anotar, posteriormente, el nombre del comprador; quien pensaba que ese texto había sido elaborado especialmente para él. Los templos, para ese tiempo, se convirtieron en auténticos negocios. ¿Qué familia, además de para el presente, no se iba a preocupar de proveer para la eternidad? Algunas ahorraron durante muchos años para poder tener su ejemplar del “Libro de los Muertos”. En estos momentos me viene a la mente cierto sacerdote católico de la provincia de Barcelona; el cual también vendía trocitos de cielo, ó parcelas celestiales, a ingenuas ancianitas viudas y otros pobres ignorantes.
El Libro de los Muertos se componía de una serie de conjuros y plegarias, cuyo objetivo principal era facilitarle la “otra vida”, y la inmortalidad, al difunto. Una vez fallecida la persona, ésta se “despertaba” en el Bajo Mundo. Allí le esperaba el dios Anubis (con cabeza de perro ó chacal), el cual procedía a abrirle la boca, los ojos y los oídos, mediante un ritual encaminado a activar los sentidos del nuevo cuerpo. En ese misterioso y tenebroso lugar comenzaba un largo viaje plagado de peligros, desafíos y pruebas que debían superarse para, finalmente, poder llegar hasta la Sala del Juicio. Durante todo el trayecto, el Libro de los Muertos será imprescindible para poder combatir los ataques de demonios; así como para poder contestar, de forma oportuna, a los cuarenta y dos dioses que se irá encontrando a su paso. Éstos, privadamente, le interrogarán acerca de su vida; y él deberá negar, ante cada uno de ellos, haber cometido un pecado en concreto. A esa letanía de respuestas se le conoce como “Las Confesiones Negativas”. Si sus contestaciones son convincentes, cada divinidad le abrirá una puerta que le permitirá seguir avanzando. Superada la última puerta, el alma del difunto se encaminará hacia la Sala del Juicio, donde deberá pasar un último examen. Allí, en la entrada, le estará esperando el dios Horus (con cabeza de halcón); el cual lo conducirá al interior, para situarlo frente al Tribunal del dios Osiris (con cabeza de “marciano”, por ser verde; y cuerpo de mozo de los sanfermines, por acostumbrar ir de blanco con “fajica” roja). Si consigue llegar hasta aquí, la persona se encontrará ante el momento más importante de toda su existencia. Superar con éxito el Juicio Final, supondrá vivir eternamente en el mencionado paraíso, llamado “Campo de Juncos”; de lo contrario, el alma del difunto será devorada por el monstruo Ammit (hecho con retales de varios animales, al estilo frankenstein). El juicio consistía en pesar el corazón del difunto. Éste, a petición del tribunal, entregará un amuleto en forma de escarabajo, que representa su corazón. Para los antiguos egipcios en el corazón residía la esencia de la persona, por lo que simbolizaba la inteligencia y las emociones. Osiris procederá a colocarlo en el platillo de una balanza y en el otro platillo depositará una pluma de la diosa Maat (con “divinas” hechuras, semejante a la India Catalina). Para salir exitoso de esta prueba, el corazón no podía pesar ni más ni menos que la pluma; por lo que el difunto debía de utilizar previamente un conjuro del Libro de los Muertos, a fin de que su corazón no le delatase (según piensan algunos eruditos), ó mantuviera la calma y controlase sus emociones (según opinan otros).
Mientras Agmeth detallaba esa escena, su rostro comenzó a denotar la excitación que debía sentir el difunto en el momento del “pesaje”. En aquel instante, de evidente sugestión y consumo extremo de JB, estallamos en carcajadas para acabar concluyendo que “lo raro es que el faraón no se hubiera muerto de la risa ante semejante circo”. Ya exhaustos, víctimas de la opípara jornada, decidimos dar por concluido ese improvisado seminario y regresamos a nuestros respectivos camarotes. Esa noche, diferente, los dioses egipcios volvieron a viajar a través del Nilo, como tantas veces lo habían hecho durante miles de años. Y es que aquella noche, silenciosa, en la que apenas se escuchaban los lánguidos cánticos lejanos de encumbrados minaretes, la embarcación “Nora” se había transformado en un auténtico Olimpo flotante. Tumbado en el lecho, arropado con la fina sábana de crudo algodón egipcio con la que a las pocas horas amanecí, seguí viajando; pues, con el permiso de sus divinidades, tomé encantado la barca de Ra para trasladarme plácidamente al mundo de Morfeo.
Aunque en aquella velada, y también en posteriores rastreos, logré entender parte de las esperanzas “post-mortem” de los antiguos egipcios; había algo que no acaba de asimilar. ¿Por qué tanto acicalamiento?
Si el alma del difunto viajaba a otra forma de vida, no tenía sentido conservar un cadáver y preparar una fastuosa tumba llena de enseres, joyas y alimentos. ¿Acaso no sería más apropiado permitir que los restos del difunto se descompusieran en una decorosa tumba? Fue en el Museo del Cairo, mientras contemplaba el tesoro de Tutankamón y algunas momias, cuando empecé a comprender el por qué de sus tradiciones funerarias.
Aunque los egiptólogos no acaban de ponerse de acuerdo en cifrar cuantos objetos componían el ajuar funerario del joven rey; de lo que no hay duda, es que era completísimo y que estaba muy bien conservado; hasta el punto de que algunos aseguran haber conseguido que broten habichuelas que permanecieron en esa “despensa” durante 3.400 años. Eran tantos y tan variados los objetos que se extrajeron, que a Howard Carter le llevó casi una década inventariarlos. Habían carros, muebles, sarcófagos, vasijas, armas, figuras, cofres, juegos, vestidos, guantes, sandalias, joyas, coronas, ungüentos, gran variedad de alimentos (panes, pasteles, vinos, carnes, miel, dátiles, almendras, etc.), etc. Como curiosidad destacar que se hallaron también las momias de dos probables hijas del faraón que, al parecer, nacieron muertas; y un preservativo de la época, confeccionado con intestino de vaca. Muchos kilos de oro y piedras preciosas (solo el sarcófago pesaba 125 kg.) completaban el ajuar de uno de los faraones menos solventes de la historia. ¿Y para qué todo eso?
Explicar qué motivó a los antiguos egipcios a embalsamar sus cadáveres, y a sepultarlos con sus enseres más personales y provisiones, no es nada fácil. Durante años me he cansado de leer y escuchar versiones que, aunque se parecen, no acaban de armonizar entre ellas, ni ofrecen una visión diáfana del asunto. La mayoría hablan del DUAT, del AJ, del BA, del KA, de la “indisociabilidad” de estas últimas; y todo eso suele aderezarse con velados razonamientos que, normalmente, te dejan más confuso que al principio. Puesto que no es mi deseo caer en esa práctica común de escribir lo que se ha copiado de otro, sin enterarse muchas veces uno de lo que ha escrito; me limitaré a dar mi opinión y a razonarla. Para mí, la gran mayoría de los antiguos egipcios, enterraban a sus difuntos de esa manera por TRADICIÓN, sencillamente. Estoy convencido que, hoy por hoy, le estamos dando más vueltas a ese asunto de las que ellos le daban. Y eso sería comparable a muchas tradiciones nuestras; que, aunque se están empezando a extinguir, solemos participar de ellas porque entendemos que debemos de hacerlo. Velar a los cadáveres, acicalarlos en sus ataúdes, organizarles funerales y llevarles flores a los cementerios, son solo algunas de las muchas costumbres que solemos secundar, sin plantearnos el por qué las seguimos.
Probablemente los egipcios primitivos observaron que sus difuntos, sepultados habitualmente en las cálidas y secas arenas del desierto, se amojamaban y no se descomponían. Cabe entonces la posibilidad de que creyeran, tras comprobar ese óptimo estado de conservación, que debía de ser la voluntad de los dioses que sus gobernantes, que iban a ser enterrados en prominentes tumbas, antes fuesen “desecados” a fin de que no se pudrieran dentro de las mismas, y en ellos permaneciese esa “natural esencia divina” que se fundamentaba en la incorrupción de los cuerpos. A partir de aquí, la caprichosa imaginación puede llevarnos a especular lo que interpretaron los líderes religiosos del momento; que, finalmente, acabaría sentando cátedra en las dinastías venideras, amenazadas por ese gran mal, del que sigue aquejada la mayor parte de la humanidad, que se llama ignorancia. Recordemos que durante el Reino Antiguo solo se enterraban en suntuosas tumbas los faraones, junto con escritos del Libro de los Muertos; y que, con el paso de los siglos, otros estratos sociales fueron “copiando” esas formas de enterramiento; lo que les obligaba a tener que embalsamar sus cuerpos, al no ser sepultados en el árido sustrato del desierto. ¿Por qué enterrarlos con objetos personales, víveres y amuletos? Seguramente porque eran adoctrinados con la idea de que los espíritus de los difuntos podían disfrutar, desde la “otra vida”, de los placeres de ésta; siempre y cuando el cadáver no fuese destruido, y esos objetos, con los que se pretendía gozar, permaneciesen próximos al cuerpo momificado. Además, el alma del muerto tendría la posibilidad de abastecerse de todas esas cosas durante ese largo camino que iba a recorrer por el Bajo Mundo, hasta su llegada al Paraíso; digo yo. Algo curioso e importante a destacar, es que también podían “disfrutar” de sus mascotas. En muchas tumbas se han encontrado momias de perros, gatos, etc.
En cuanto a las técnicas que usaban para la momificación, cabe decir que eran muy buenas; mucho mejores que la del resto de culturas antiguas que también las practicaban. La calidad del embalsamamiento estaba condicionada al poder adquisitivo de la persona y, según el citado historiador Heródoto, los antiguos egipcios también tenían, como nosotros, entierros de primera, de segunda y de tercera. De la “tarifa” escogida dependería el tiempo que se le dedicaría al tratamiento del difunto, así como la cantidad de natrón (compuesto a base de sales), vendas, ungüentos y otros extras que se emplearían en él. Independientemente del sepelio elegido, a los cadáveres se les extraían todas las vísceras menos el corazón que, como ya se ha mencionado, se consideraba el centro de la inteligencia y los sentimientos. Resulta curioso pero, para los antiguos egipcios, el corazón era el único órgano que se necesitaba en la otra vida; mientras que el cerebro, extraído por las fosas nasales con una especie de aguja para hacer calceta, no tenía una importancia relevante. La masa encefálica, junto con las demás vísceras, era introducida en un conjunto de cuatro recipientes llamados “vasos canopes”, cuyas tapas estaban ornamentadas con cuatro divinidades que se encargarían de proteger sus contenidos. Una vez secado el cadáver (con natrón) y rellenado (con mirra y yerbas aromáticas), se vendaba, a la vez que se le adjuntaban amuletos que deberían de protegerlo durante su viaje al “más allá”. Finalmente, el cuerpo era introducido en un sarcófago y llevado a su tumba junto con los referidos recipientes, efectos personales y alimentos. Como podemos imaginar, el ritual funerario concluiría con una solemne ceremonia que se oficiaría en alguno de los muchos cementerios distribuidos por toda la franja oeste del Nilo. Lo que acabo de describir es solo una breve abstracción de los extensos y variados episodios que conformaban los embalsamamientos y exequias de los remotos egipcios.
Mientras repaso las últimas páginas del viejo cuaderno de bitácora que me acompañó durante mis andaduras por aquellas mágicas tierras, percibo que ya he agotado el espacio que se me ha asignado en este libro. Quiero aprovechar la oportunidad que me ofrecen estos últimos renglones para expresar mis más sinceros agradecimientos. En primer lugar, a ti, esforzado lector; por no haberme abandonado durante todo el trayecto de esta milenaria travesía. En segundo lugar, a mi estimada hermana; por haberme permitido, una vez más, participar en uno de sus libros. De todo corazón le deseo que éste tenga tanto éxito como sus ocho libros anteriores. En tercer lugar, a la Policía Turística de Egipto; por impedir que tuviera que acordarme de la santa madre de alguno de los camelleros que pululan cerca de las pirámides. Y por último, y muy especialmente, a los antiguos egipcios; por habernos legado, entre otras, ese delicioso elixir llamado cerveza.
Para empezar debo admitir que me resultó muy chocante que se supiera tanto de ellos; y era lógico, debido a la gran atención que prestaban a sus tumbas, cadáveres, tesoros y manuscritos; y que, no obstante, apenas se conociese como era su vida cotidiana.
Y es que la vida de los antiguos egipcios giraba, aparentemente, en torno a la muerte. Y digo APARENTEMENTE, porque finalmente entendí que ellos lo que más anhelaban era la vida. Los antiguos egipcios solo deseaban vivir. Les aterraba la idea de la muerte, y la veían como una fuerte crisis que solo se podría vencer con la debida preparación. Creían que la muerte no tenía porque ser el fin de la vida, solo una obligada transición que debían superar para alcanzar la “otra vida” en una especie de paraíso, al cual llamaban “Campo de Juncos”. Pero esa “obligada transición” no era cualquier cosa. De su preparación terrenal dependía el éxito o el fracaso. Curiosamente, durante años, pensé que los egipcios nacían para morir; ahora no, ahora estoy convencido que, filosóficamente hablando, nacían para vivir.
Un detalle muy curioso lo tenemos en la disposición de sus poblados, todos ubicados al este del Nilo. El rio servía como de frontera natural para separar el mundo de los vivos del de los muertos. Siguiendo el trazado del Sol (Ra), nacían y vivían en el lado oriental del Nilo y se enterraban en su lado occidental. Esa separación literal de las dos orillas, ó “mundos”, nos puede ayudar a entender parte de sus creencias.
Según Agmeth, los antiguos egipcios adoraban todo aquello a lo que temían; y, por ese motivo, muchos de sus dioses tenían rasgos de los animales que les inquietaban. Yo soy de la opinión de que los rostros animales representaban las cualidades que ellos apreciaban en esas especies; y probablemente mi punto de vista esté salpicado por la influencia de las escrituras bíblicas donde, simbólicamente, a tres de los cuatro evangelistas se les atribuyen rostros de animales, en representación de las cualidades del toro, el águila y el león.
El panteón de los dioses egipcios parece remontarse al periodo predinástico. Los antiguos egipcios tenían la certeza de que hubo un tiempo en que solo existían los dioses; y que éstos fueron los que crearon, del caos, el mundo tal y como lo conocemos. No voy a extenderme en presentar a cada una de esas divinidades, ni tampoco hablaré de la influencia que pudieron ejercer en aquella sociedad; únicamente permitiré que éstos asomen su curiosa efigie, en la medida que los necesite, mientras expongo porciones de los ritos funerarios y de las creencias que, tras la muerte, tenían sus fieles.
Aunque lo que más salta a la vista son las pirámides, otras tumbas, los templos funerarios, los sarcófagos, los tesoros y las momias; eso no era lo más importante para el viaje al “más allá” del difunto. De nada sirve tener la indumentaria adecuada, las maletas preparadas y un estupendo vehículo, sino disponemos de una guía que nos conduzca a un destino desconocido. Y esa guía, para los antiguos egipcios, era el “Libro de los Muertos”.
El “Libro de los Muertos”,… “¡tiene tela la traducción del título!”, como diría mi cordobés amigo, Cristino.
Y es que los antiguos egipcios, en su versión original, a este texto le llamaron: “Libro para salir al Día”. De todas formas, y debido a la proliferación que se ha hecho del título “traducido” ó, mejor dicho, por el que se le conoce; para que no haya confusiones, le seguiremos llamando “Libro de los Muertos”. Este escrito, equivalente a la “biblia” de los antiguos egipcios, es el texto religioso más antiguo del mundo.
Los primeros vestigios de estas escrituras se encontraron gravados en las paredes de las pirámides de la V Dinastía (en torno s. XXV a.C.). En aquel tiempo solo los faraones gozaban del derecho de poder disponer de esa guía, que les garantizaba el acceso a la vida eterna en compañía de los dioses.
En el Reino Medio (en torno s. XX a.C.) ese privilegio también lo tendrán las clases nobles; quienes, al igual que los faraones, escribirán las inscripciones de las pirámides en sus ataúdes. Éstas se conocen como “Textos de los sarcófagos”.
Finalmente, en el Reino Nuevo (en torno s. XV a.C.), se producirá una democratización del “más allá”. Cualquier persona que económicamente se lo pudiera permitir, podía comprar a los sacerdotes papiros, elaborados en serie, del Libro de los Muertos; y así asegurarse la inmortalidad. Con mucha picardía sus escribas dejaban espacios en blanco para poder anotar, posteriormente, el nombre del comprador; quien pensaba que ese texto había sido elaborado especialmente para él. Los templos, para ese tiempo, se convirtieron en auténticos negocios. ¿Qué familia, además de para el presente, no se iba a preocupar de proveer para la eternidad? Algunas ahorraron durante muchos años para poder tener su ejemplar del “Libro de los Muertos”. En estos momentos me viene a la mente cierto sacerdote católico de la provincia de Barcelona; el cual también vendía trocitos de cielo, ó parcelas celestiales, a ingenuas ancianitas viudas y otros pobres ignorantes.
El Libro de los Muertos se componía de una serie de conjuros y plegarias, cuyo objetivo principal era facilitarle la “otra vida”, y la inmortalidad, al difunto. Una vez fallecida la persona, ésta se “despertaba” en el Bajo Mundo. Allí le esperaba el dios Anubis (con cabeza de perro ó chacal), el cual procedía a abrirle la boca, los ojos y los oídos, mediante un ritual encaminado a activar los sentidos del nuevo cuerpo. En ese misterioso y tenebroso lugar comenzaba un largo viaje plagado de peligros, desafíos y pruebas que debían superarse para, finalmente, poder llegar hasta la Sala del Juicio. Durante todo el trayecto, el Libro de los Muertos será imprescindible para poder combatir los ataques de demonios; así como para poder contestar, de forma oportuna, a los cuarenta y dos dioses que se irá encontrando a su paso. Éstos, privadamente, le interrogarán acerca de su vida; y él deberá negar, ante cada uno de ellos, haber cometido un pecado en concreto. A esa letanía de respuestas se le conoce como “Las Confesiones Negativas”. Si sus contestaciones son convincentes, cada divinidad le abrirá una puerta que le permitirá seguir avanzando. Superada la última puerta, el alma del difunto se encaminará hacia la Sala del Juicio, donde deberá pasar un último examen. Allí, en la entrada, le estará esperando el dios Horus (con cabeza de halcón); el cual lo conducirá al interior, para situarlo frente al Tribunal del dios Osiris (con cabeza de “marciano”, por ser verde; y cuerpo de mozo de los sanfermines, por acostumbrar ir de blanco con “fajica” roja). Si consigue llegar hasta aquí, la persona se encontrará ante el momento más importante de toda su existencia. Superar con éxito el Juicio Final, supondrá vivir eternamente en el mencionado paraíso, llamado “Campo de Juncos”; de lo contrario, el alma del difunto será devorada por el monstruo Ammit (hecho con retales de varios animales, al estilo frankenstein). El juicio consistía en pesar el corazón del difunto. Éste, a petición del tribunal, entregará un amuleto en forma de escarabajo, que representa su corazón. Para los antiguos egipcios en el corazón residía la esencia de la persona, por lo que simbolizaba la inteligencia y las emociones. Osiris procederá a colocarlo en el platillo de una balanza y en el otro platillo depositará una pluma de la diosa Maat (con “divinas” hechuras, semejante a la India Catalina). Para salir exitoso de esta prueba, el corazón no podía pesar ni más ni menos que la pluma; por lo que el difunto debía de utilizar previamente un conjuro del Libro de los Muertos, a fin de que su corazón no le delatase (según piensan algunos eruditos), ó mantuviera la calma y controlase sus emociones (según opinan otros).
Mientras Agmeth detallaba esa escena, su rostro comenzó a denotar la excitación que debía sentir el difunto en el momento del “pesaje”. En aquel instante, de evidente sugestión y consumo extremo de JB, estallamos en carcajadas para acabar concluyendo que “lo raro es que el faraón no se hubiera muerto de la risa ante semejante circo”. Ya exhaustos, víctimas de la opípara jornada, decidimos dar por concluido ese improvisado seminario y regresamos a nuestros respectivos camarotes. Esa noche, diferente, los dioses egipcios volvieron a viajar a través del Nilo, como tantas veces lo habían hecho durante miles de años. Y es que aquella noche, silenciosa, en la que apenas se escuchaban los lánguidos cánticos lejanos de encumbrados minaretes, la embarcación “Nora” se había transformado en un auténtico Olimpo flotante. Tumbado en el lecho, arropado con la fina sábana de crudo algodón egipcio con la que a las pocas horas amanecí, seguí viajando; pues, con el permiso de sus divinidades, tomé encantado la barca de Ra para trasladarme plácidamente al mundo de Morfeo.
Aunque en aquella velada, y también en posteriores rastreos, logré entender parte de las esperanzas “post-mortem” de los antiguos egipcios; había algo que no acaba de asimilar. ¿Por qué tanto acicalamiento?
Si el alma del difunto viajaba a otra forma de vida, no tenía sentido conservar un cadáver y preparar una fastuosa tumba llena de enseres, joyas y alimentos. ¿Acaso no sería más apropiado permitir que los restos del difunto se descompusieran en una decorosa tumba? Fue en el Museo del Cairo, mientras contemplaba el tesoro de Tutankamón y algunas momias, cuando empecé a comprender el por qué de sus tradiciones funerarias.
Aunque los egiptólogos no acaban de ponerse de acuerdo en cifrar cuantos objetos componían el ajuar funerario del joven rey; de lo que no hay duda, es que era completísimo y que estaba muy bien conservado; hasta el punto de que algunos aseguran haber conseguido que broten habichuelas que permanecieron en esa “despensa” durante 3.400 años. Eran tantos y tan variados los objetos que se extrajeron, que a Howard Carter le llevó casi una década inventariarlos. Habían carros, muebles, sarcófagos, vasijas, armas, figuras, cofres, juegos, vestidos, guantes, sandalias, joyas, coronas, ungüentos, gran variedad de alimentos (panes, pasteles, vinos, carnes, miel, dátiles, almendras, etc.), etc. Como curiosidad destacar que se hallaron también las momias de dos probables hijas del faraón que, al parecer, nacieron muertas; y un preservativo de la época, confeccionado con intestino de vaca. Muchos kilos de oro y piedras preciosas (solo el sarcófago pesaba 125 kg.) completaban el ajuar de uno de los faraones menos solventes de la historia. ¿Y para qué todo eso?
Explicar qué motivó a los antiguos egipcios a embalsamar sus cadáveres, y a sepultarlos con sus enseres más personales y provisiones, no es nada fácil. Durante años me he cansado de leer y escuchar versiones que, aunque se parecen, no acaban de armonizar entre ellas, ni ofrecen una visión diáfana del asunto. La mayoría hablan del DUAT, del AJ, del BA, del KA, de la “indisociabilidad” de estas últimas; y todo eso suele aderezarse con velados razonamientos que, normalmente, te dejan más confuso que al principio. Puesto que no es mi deseo caer en esa práctica común de escribir lo que se ha copiado de otro, sin enterarse muchas veces uno de lo que ha escrito; me limitaré a dar mi opinión y a razonarla. Para mí, la gran mayoría de los antiguos egipcios, enterraban a sus difuntos de esa manera por TRADICIÓN, sencillamente. Estoy convencido que, hoy por hoy, le estamos dando más vueltas a ese asunto de las que ellos le daban. Y eso sería comparable a muchas tradiciones nuestras; que, aunque se están empezando a extinguir, solemos participar de ellas porque entendemos que debemos de hacerlo. Velar a los cadáveres, acicalarlos en sus ataúdes, organizarles funerales y llevarles flores a los cementerios, son solo algunas de las muchas costumbres que solemos secundar, sin plantearnos el por qué las seguimos.
Probablemente los egipcios primitivos observaron que sus difuntos, sepultados habitualmente en las cálidas y secas arenas del desierto, se amojamaban y no se descomponían. Cabe entonces la posibilidad de que creyeran, tras comprobar ese óptimo estado de conservación, que debía de ser la voluntad de los dioses que sus gobernantes, que iban a ser enterrados en prominentes tumbas, antes fuesen “desecados” a fin de que no se pudrieran dentro de las mismas, y en ellos permaneciese esa “natural esencia divina” que se fundamentaba en la incorrupción de los cuerpos. A partir de aquí, la caprichosa imaginación puede llevarnos a especular lo que interpretaron los líderes religiosos del momento; que, finalmente, acabaría sentando cátedra en las dinastías venideras, amenazadas por ese gran mal, del que sigue aquejada la mayor parte de la humanidad, que se llama ignorancia. Recordemos que durante el Reino Antiguo solo se enterraban en suntuosas tumbas los faraones, junto con escritos del Libro de los Muertos; y que, con el paso de los siglos, otros estratos sociales fueron “copiando” esas formas de enterramiento; lo que les obligaba a tener que embalsamar sus cuerpos, al no ser sepultados en el árido sustrato del desierto. ¿Por qué enterrarlos con objetos personales, víveres y amuletos? Seguramente porque eran adoctrinados con la idea de que los espíritus de los difuntos podían disfrutar, desde la “otra vida”, de los placeres de ésta; siempre y cuando el cadáver no fuese destruido, y esos objetos, con los que se pretendía gozar, permaneciesen próximos al cuerpo momificado. Además, el alma del muerto tendría la posibilidad de abastecerse de todas esas cosas durante ese largo camino que iba a recorrer por el Bajo Mundo, hasta su llegada al Paraíso; digo yo. Algo curioso e importante a destacar, es que también podían “disfrutar” de sus mascotas. En muchas tumbas se han encontrado momias de perros, gatos, etc.
En cuanto a las técnicas que usaban para la momificación, cabe decir que eran muy buenas; mucho mejores que la del resto de culturas antiguas que también las practicaban. La calidad del embalsamamiento estaba condicionada al poder adquisitivo de la persona y, según el citado historiador Heródoto, los antiguos egipcios también tenían, como nosotros, entierros de primera, de segunda y de tercera. De la “tarifa” escogida dependería el tiempo que se le dedicaría al tratamiento del difunto, así como la cantidad de natrón (compuesto a base de sales), vendas, ungüentos y otros extras que se emplearían en él. Independientemente del sepelio elegido, a los cadáveres se les extraían todas las vísceras menos el corazón que, como ya se ha mencionado, se consideraba el centro de la inteligencia y los sentimientos. Resulta curioso pero, para los antiguos egipcios, el corazón era el único órgano que se necesitaba en la otra vida; mientras que el cerebro, extraído por las fosas nasales con una especie de aguja para hacer calceta, no tenía una importancia relevante. La masa encefálica, junto con las demás vísceras, era introducida en un conjunto de cuatro recipientes llamados “vasos canopes”, cuyas tapas estaban ornamentadas con cuatro divinidades que se encargarían de proteger sus contenidos. Una vez secado el cadáver (con natrón) y rellenado (con mirra y yerbas aromáticas), se vendaba, a la vez que se le adjuntaban amuletos que deberían de protegerlo durante su viaje al “más allá”. Finalmente, el cuerpo era introducido en un sarcófago y llevado a su tumba junto con los referidos recipientes, efectos personales y alimentos. Como podemos imaginar, el ritual funerario concluiría con una solemne ceremonia que se oficiaría en alguno de los muchos cementerios distribuidos por toda la franja oeste del Nilo. Lo que acabo de describir es solo una breve abstracción de los extensos y variados episodios que conformaban los embalsamamientos y exequias de los remotos egipcios.
Mientras repaso las últimas páginas del viejo cuaderno de bitácora que me acompañó durante mis andaduras por aquellas mágicas tierras, percibo que ya he agotado el espacio que se me ha asignado en este libro. Quiero aprovechar la oportunidad que me ofrecen estos últimos renglones para expresar mis más sinceros agradecimientos. En primer lugar, a ti, esforzado lector; por no haberme abandonado durante todo el trayecto de esta milenaria travesía. En segundo lugar, a mi estimada hermana; por haberme permitido, una vez más, participar en uno de sus libros. De todo corazón le deseo que éste tenga tanto éxito como sus ocho libros anteriores. En tercer lugar, a la Policía Turística de Egipto; por impedir que tuviera que acordarme de la santa madre de alguno de los camelleros que pululan cerca de las pirámides. Y por último, y muy especialmente, a los antiguos egipcios; por habernos legado, entre otras, ese delicioso elixir llamado cerveza.