Desconozco cuantos poemas habré escrito,
pero no me olvido de uno que fue proscrito.
pero no me olvido de uno que fue proscrito.
Esta es la historia real de un poema "anormal". ¿O acaso es normal que alguien encargue un poema, y que después lo rechace por ser demasiado emotivo?. En este caso, y para mi frustración, lo que sucedió fue indiscutiblemente comprensible.
Todo empezó una cálida tarde de otoño, allá por el veranillo de San Martín del año mil novecientos noventa y ocho. Como es frecuente en esas fechas, la naturaleza se resiste a perder su hermoso atavío de colores y, durante unos días, opta por hacer el ridículo no aceptando su avanzada madurez. Son días agradables para los ácaros, que se reproducen como locos; y también para los viejos, que se vuelven más pendejos; y también debieron serlo para mi amiga Encarni, a quien se le ocurrió organizar una fiesta para un grupo de ancianos.
Encarni conocía bien mi afición por la poesía. De hecho, ella había sido víctima de uno de mis escritos el día de su boda. Todavía recuerdo como su jovencito futuro cuñado, Jordi, lo ensayaba en mi casa apenas tres días antes de la celebración:
- “Esta mañana pensaba,
al amanecer el día;
cuando el lucero del alba
poco a poco se escondía,
y entre tímidos reflejos
la luz del Sol se extendía;
en este momento cierto,
donde contigo estaría
con este ramo de flores,
como expresión de una vida,
que hoy florece para ti,
Encarni, hermana mía...”
al amanecer el día;
cuando el lucero del alba
poco a poco se escondía,
y entre tímidos reflejos
la luz del Sol se extendía;
en este momento cierto,
donde contigo estaría
con este ramo de flores,
como expresión de una vida,
que hoy florece para ti,
Encarni, hermana mía...”
- ¿Lo estoy haciendo bien? (volvió a preguntar una vez más).
Yo, con ganas de que se fuera pronto, para así poder ver el capítulo de la serie “Médico de familia”, también le repetí:
- Sí, muy bien, pero no te pares. En cuanto acabes de leerlo te marchas, que ya es tarde y tu madre estará preocupada.
La madre de Jordi, Paquita, era viuda y permanecía bastante tiempo sola; lo que me servía de excusa para hacerle entender, sin que se ofendiera, que ya no eran horas y que debía irse. Además, él podía continuar practicando en su habitación todo el tiempo que quisiera; mientras yo, tranquilamente, cenaría viendo al genial Emilio Aragón.
La madre de Jordi, Paquita, era viuda y permanecía bastante tiempo sola; lo que me servía de excusa para hacerle entender, sin que se ofendiera, que ya no eran horas y que debía irse. Además, él podía continuar practicando en su habitación todo el tiempo que quisiera; mientras yo, tranquilamente, cenaría viendo al genial Emilio Aragón.
Pero, olvidémonos ahora del bueno de Jordi, y regresemos a esa casi estival tarde del once de noviembre. Era miércoles, sobre las siete, cuando sonó el teléfono de casa. La dulce voz de Encarni se dejó oír por el auricular:
- Hola Fernando, soy Encarni. ¿Te pillo en mal momento?
Un ligero gruñido salió de mi boca. Literalmente, en ese preciso instante, yo era lo más parecido a ese ser tan sabroso que suele sacrificarse por esas fechas. Sólo me faltaban el hocico, las orejas y el característico rabo enrollado.
Un ligero gruñido salió de mi boca. Literalmente, en ese preciso instante, yo era lo más parecido a ese ser tan sabroso que suele sacrificarse por esas fechas. Sólo me faltaban el hocico, las orejas y el característico rabo enrollado.
- ¿Estás bien? (insistió Encarni)
- ¡Estoy guarro! Acabo de llegar del trabajo y estoy “sucio de cojones”. Me he pasado el día desmontando radiadores y no veas como me he puesto con la jodida agua negra que sueltan. Casualmente me pillas a punto de meterme en la ducha.
Ante tal situación, Encarni se esforzó en ser breve, y me habló de la fiesta que estaba preparando a un grupito de ancianos que tenía en alta estima. Dijo que, entre otras cosas, deseaba leerles un poema y, seguidamente, regalarle a cada uno una copia del mismo. Ella deseaba que el escrito fuese positivo, estimulante, y que destacase las excelentes cualidades que veía en aquellos viejitos (experiencia, sabiduría, paciencia, bondad,…). Finalmente, acabo pidiéndome que, por favor, se lo escribiera.
Yo no pude negarme. Es más, consideré un enorme privilegio el poder redactar ese poema y así poner mi granito de arena en la excelente labor de Encarni.
Pero no fue así. Mientras me planteaba cómo iba a enfocarlo, debí dejar abierta alguna puerta de mi corazón, y permití que por ella se colasen la vanidad, el egoísmo y el orgullo; y eso dio lugar a que comenzase a cuestionar el encargo de Encarni.
- ¿Por qué iba a escribir algo tan fantástico?.
- ¿No era mejor destacar la cruda realidad de la mayoría de los ancianos?.
- ¿Por qué no hacer un poema que hiciese reflexionar al lector?
- ¿Por qué no hacer un buen poema?.
Como los humanos somos máquinas de justificarnos, acabé viendo solamente las excelencias de mis razonamientos, y olvidándome por completo de la bondad de Encarni y de sus ancianos. El resultado fue este:
“Tal vez no te hagan justicia
las palabras que ahora escribo;
y aunque en ellas no hay malicia,
sí son el reflejo vivo
de sinsabores pasados,
de sufrimientos vividos;
jamás en ti olvidados
y apenas reconocidos
por aquellos que heredamos
de vuestro esfuerzo, “cosecha”;
y que ahora nos jactamos
por tener la vida hecha.
A ti viejo yo te escribo
no intentando consolarte,
por que mi único motivo
es el de querer contarte
la impotencia que ahora siento
por el momento que vives;
torpe, flojo y sin aliento,
ni nadie ya a quien cautives.
Atrás quedaron tus años
de esperanzas entre albores,
como guardados en paños
de desteñidos colores,
que esperan ser reciclados
en nuevas generaciones,
y así no ser enterrados
junto a vuestros corazones.
Y aunque sé que te lo callas,
y lo lloras en silencio,
va contigo, donde vayas,
la incomprensión y el desprecio.
¡Precio alto el que has pagado
al haberte entrometido;
por querernos demasiado,
y no habiéndolo entendido!
Y te guardas tu consejo
en tu regazo arrugado
que conservas aún, de viejo,
para al fin ser olvidado.
Entre tanto tú recuerdas,
y rescatas del olvido,
tus entrañables contiendas
junto a otros que se han ido.
También los dulces instantes
con quién compartió tu vida;
pues le quieres como antes,
aunque su alma esté dormida.
Y se te nublan los ojos
por los amores sentidos,
que la vida, con cerrojos,
los sepultó entre gemidos".
las palabras que ahora escribo;
y aunque en ellas no hay malicia,
sí son el reflejo vivo
de sinsabores pasados,
de sufrimientos vividos;
jamás en ti olvidados
y apenas reconocidos
por aquellos que heredamos
de vuestro esfuerzo, “cosecha”;
y que ahora nos jactamos
por tener la vida hecha.
A ti viejo yo te escribo
no intentando consolarte,
por que mi único motivo
es el de querer contarte
la impotencia que ahora siento
por el momento que vives;
torpe, flojo y sin aliento,
ni nadie ya a quien cautives.
Atrás quedaron tus años
de esperanzas entre albores,
como guardados en paños
de desteñidos colores,
que esperan ser reciclados
en nuevas generaciones,
y así no ser enterrados
junto a vuestros corazones.
Y aunque sé que te lo callas,
y lo lloras en silencio,
va contigo, donde vayas,
la incomprensión y el desprecio.
¡Precio alto el que has pagado
al haberte entrometido;
por querernos demasiado,
y no habiéndolo entendido!
Y te guardas tu consejo
en tu regazo arrugado
que conservas aún, de viejo,
para al fin ser olvidado.
Entre tanto tú recuerdas,
y rescatas del olvido,
tus entrañables contiendas
junto a otros que se han ido.
También los dulces instantes
con quién compartió tu vida;
pues le quieres como antes,
aunque su alma esté dormida.
Y se te nublan los ojos
por los amores sentidos,
que la vida, con cerrojos,
los sepultó entre gemidos".
Debo admitir que me costó más decidirme a ponerle un título, que escribir el poema en sí. Finalmente opté por llamarlo “Tristes retazos de una vida”. Ya completado, y orgulloso de mi obra, fui a casa de Encarni para entregárselo. Cuando lo vio, sus palabras fueron:
- Es un poco largo. (y empezó a leerlo)
Conforme avanzaba en la lectura de los párrafos, su rostro fue cambiando, hasta llegar a transformarse en un verdadero “poema”. Cuando levantó su mirada, sus ojos temblaron y dejaron escapar dos lágrimas que, en silencio, me comunicaron todo lo que yo tenía que saber.
Cuando Encarni reaccionó, amablemente me dijo:
- Es muy bonito, pero yo no puedo leerles esto.
Fue entonces cuando me di cuenta que le había fallado. La fiesta se celebraba al día siguiente y yo, afectado por la incómoda situación del momento, me bloqueé; hasta el punto que ni tan siquiera se me pasó por la cabeza lo que hubiese sido la solución: confeccionar esa misma tarde otro poema, sencillo, más acorde con la petición inicial de Encarni, aunque hubiese sido de rima y métrica descuidada.
Fue entonces cuando me di cuenta que le había fallado. La fiesta se celebraba al día siguiente y yo, afectado por la incómoda situación del momento, me bloqueé; hasta el punto que ni tan siquiera se me pasó por la cabeza lo que hubiese sido la solución: confeccionar esa misma tarde otro poema, sencillo, más acorde con la petición inicial de Encarni, aunque hubiese sido de rima y métrica descuidada.
Así que, con voz quebrada, me despedí y me marché. Mientras bajaba las escaleras del edificio sentí un enorme vacio y, con la cabeza inclinada por la vergüenza de ser observado, lloré, sí, con gran tristeza, tan desconsoladamente como pudiera haberlo hecho una antigua divinidad griega al extinguirse su culto.
Los años pasaron y, paradójicamente, el poema “proscrito” fue el que más éxito llegó a tener de todos los que escribí. Lo que empezó siendo algo anecdótico acabó teniendo luz propia. En varias ocasiones lo recité ante familiares, amigos, conocidos y desconocidos; y fueron muchas las copias que se me pidieron. Pero lo mejor estaba aún por llegar.
En cierta ocasión, mientras almorzábamos en casa de mis padres, mi hermana me comentó que le gustaría incluir, en la portada de su nuevo libro, una foto que tomé en las inmediaciones de la Universidad de Moscú. Asimismo, me dijo que también le gustaría incluir en el libro el “famoso” poema de los viejos.
Y así fue. El día 10 de noviembre de 2005 se presentó públicamente, en el auditorio de El Corte Inglés de Sabadell, el octavo libro de mi hermana, Mª Angeles Bertolín, titulado “Rayos de Luz”. Ella, que es muy buena gente, quiso darme protagonismo y me invitó a explicar la historia del poema y a leerlo ante todos los presentes. Todavía me emociono al recordar el respetuoso y absoluto silencio habido durante su lectura, así como la atronadora ovación que recibí al concluirla.
En estos momentos el poema descansa en paz, liberado de esa proscripción que durante años lo llevó a vagar de papel en papel, de reunión en reunión, siempre desubicado y sin un objetivo que cumplir. Hoy sus letras, comas, puntos y acentos reposan en el altar de la inmortalidad literaria bajo el título “Un Rayo de Luz en el Crepúsculo de la Vida”, entre las páginas 177-179 de la mencionada publicación de mi generosa hermana.